El silencio de la habitación se volvió insoportable. Valeria tenía las manos apoyadas sobre el escritorio, los papeles frente a ella. El contrato era grueso, con páginas perfectamente ordenadas y letras diminutas. Cada línea era como una cadena invisible que se le enroscaba al cuello.
Sus ojos se movían de un párrafo a otro:
“Confidencialidad absoluta… obediencia debida… disponibilidad permanente…”
Cada palabra era una jaula más. Sintió un nudo en la garganta y, antes de darse cuenta, las lágr