La noche se había vuelto pesada, densa, como si el aire mismo contuviera algo que no quería dejarse respirar. Valeria despertó sobresaltada. Durante unos segundos no supo dónde estaba. El silencio era tan absoluto que podía escuchar el latido acelerado de su propio corazón. Luego distinguió la figura recortada en la penumbra, de pie junto a la ventana.
—¿Alexandre…? —susurró, con la voz temblorosa.
Él no respondió de inmediato. Seguía ahí, quieto, mirando hacia la calle como si observara algo m