Las horas pasaron lentas, y aunque Gabriel dormía en el sofá, Valeria no pudo cerrar los ojos. Se levantó en silencio, caminando hacia la ventana. Desde el piso doce, la ciudad se veía tranquila, pero ella sabía que la calma era solo una ilusión.
El reflejo en el cristal le devolvía un rostro cansado, con ojeras profundas y una tristeza que ya no podía ocultar. Acarició su vientre con cuidado.
—Te prometo que no voy a dejar que nadie te haga daño —susurró—. Ni siquiera él.
De pronto, un ruido m