La habitación era pequeña, pero cálida. Una cama matrimonial vieja pero limpia, una litera en la esquina y una ventana con cortinas gruesas. La señora Ada les dejó unas toallas y un balde con agua caliente.
—Descansen. Hablan bajito; las paredes son finas —dijo con una sonrisa suave antes de cerrar la puerta.
El silencio que quedó fue extraño.
Demasiado tranquilo.
Demasiado… ajeno a todo lo que habían vivido.
Valeria ayudó a Gabriel a sentarse en la cama. Su herida estaba inflamada, y él a