El silencio volvió a llenarse sólo con el crujido del fuego y la respiración pesada de ambos. Valeria sostenía aún el borde de la venda, como si temiera que al soltarla el dolor regresara o algo peor ocurriera.
Gabriel la observó un segundo más… y esta vez no dijo nada.
Solo bajó la mirada a su hombro, donde el vendaje improvisado ya comenzaba a teñirse de rojo otra vez.
—Tengo que ajustarlo —murmuró ella, inclinándose.
—Valeria… —la detuvo él, apenas rozándole la muñeca con los dedos.
Ell