—¡Maldita sea, no corras! —rugió Alexandre, su voz mezclada con furia y desesperación mientras empujaba a un guardia fuera de su camino.
Valeria tropezó con las piedras húmedas del sendero, sosteniendo con fuerza la mano de su hijo, que apenas podía seguirle el paso. La noche era cerrada, el bosque denso, y cada sombra parecía querer atraparlos.
El niño lloraba, temblando. —¡Mamá… tengo miedo!
—Shh, mi amor, ya casi… ya casi —susurró Valeria sin detenerse, con lágrimas que se mezclaban con la l