La forma en que recorría su mirada por mi cuerpo me hacía sentir sucia, como si me derramara un barril de aceite encima y nunca me lo fuera a quitar. Me picaba la piel, me punzaba, y las ganas de rascarme, de desgarrarme, eran demasiado fuertes para ignorarlas. Y justo antes de perderse de vista, me guiñó un ojo como si fuera una promesa de lo que estaba por venir.
—Creo que quiero irme ya —dije en voz baja en cuanto volvimos a estar solos.
Lugoi no dijo nada mientras pagaba la cuenta y me ayud