Llevo encerrada en una mugrienta habitación ya una semana. Lo bueno es que Julián no ha aparecido, y eso me da tranquilidad. La puerta se abre, dejando ver al tipo que siempre me trae la comida.
—Aquí tiene —me dice, mientras coloca la bandeja con una sopa y un vaso de agua. Luego se va, dejándome sola una vez más. Me siento en el colchón duro y comienzo a pensar en Santiago, en cómo estará, si me está buscando… Dios, cómo lo extraño. Pero ahora lo que más temo es que Julián le haga daño a mi be