Cuando el auto de Alejandro se detuvo frente a la Mansión Ferrer, Margaret bajó con una sonrisa triunfal. Alejandro, en cambio, parecía sumido en sus pensamientos.
Apenas cruzaron la puerta, Isabela los recibió con una expresión amable pero inquisitiva.
—¡Hola, Isabel! —dijo Margaret con entusiasmo, acercándose para saludarla.
—Hola, cariño —respondió Isabela con una sonrisa cortés, aunque su mirada se posó de inmediato en su hijo—. Dime, cómo está mi nieto? ¿Cómo salió el ultrasonido?
Margaret