El pasillo estaba en penumbras cuando Margaret salió de su habitación. Caminaba con pasos ligeros, deslizándose en la alfombra como un fantasma en la oscuridad. Su bata de seda se ceñía a su cuerpo, y su largo cabello caía en ondas perfectas sobre sus hombros.
Con una sonrisa fría, empujó la puerta del cuarto del bebé y entró con sigilo. El pequeño Alejandro dormía plácidamente en su cuna, su respiración pausada llenando la habitación con un ritmo suave.
Margaret se acercó despacio, observándol