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Capítulo 5: Una Nueva Vida

El sol de la mañana se filtraba tímidamente por la ventana del nuevo apartamento de Miranda. No era un lugar lujoso, pero era limpio, seguro y, sobre todo, estaba lejos de la humedad y las amenazas de desalojo de la vieja vecindad. El dinero de aquella noche en L'Éclipse había obrado el milagro: Thiago había recibido los mejores antibióticos, la fiebre había desaparecido por completo y ahora jugaba felizmente en la pequeña sala con unos camiones de plástico.

​Miranda lo observaba desde la cocina con una sonrisa suave mientras preparaba el desayuno. Ver a su hijo sano y a salvo justificaba cada segundo de su sacrificio. Sin embargo, en su mente se había jurado que esa sería la primera y última vez que cruzaría los límites de la decencia. Ella era una mujer con valores íntegros, y el fajo de billetes en la mesa de noche ya no era una salvación, sino un recordatorio constante del secreto que pretendía enterrar para siempre en el olvido.

​—Mami, ¿hoy vas a ir a la entrevista de trabajo? —preguntó el pequeño Thiago, alzando sus grandes ojos oscuros llenos de curiosidad.

​—Sí, mi amor —respondió Miranda, acercándose para acariciarle el cabello—. Hoy mami va a conseguir un empleo en una oficina muy grande para que nunca más nos falte nada. Candy va a venir a cuidarte unas horas, ¿de acuerdo?

​Miranda regresó a su habitación para vestirse. Había gastado una pequeña parte del dinero en un traje sastre azul marino, formal y de corte impecable, y una blusa blanca de cuello cerrado. Se recogió el cabello en un moño bajo y pulcro, dejando que la formalidad ocultara las curvas que semanas atrás habían vuelto loco a un extraño. Al mirarse al espejo, lo único que delataba su identidad eran sus impactantes ojos azul eléctrico. Suspiró hondo, intentando alejar el persistente recuerdo de la suite 404 y, sobre todo, la imagen mental de aquella imponente espalda marcada con el tatuaje de la rosa y la espada.

​—Eso ya pasó. Ahora eres solo Miranda Soler, una madre buscando un futuro —se dijo a sí misma con determinación.

​Una hora después, Miranda se encontraba de pie frente a la imponente estructura de cristal y acero de Villarreal & Asociados, la corporación turística y hotelera más importante del país. El edificio se alzaba hacia el cielo como un símbolo de poder absoluto. Al cruzar las puertas giratorias del vestíbulo, el bullicio de los ejecutivos, el mármol pulido y el aire de opulencia la hicieron sentir diminuta por un segundo, pero recordar la risa de Thiago le devolvió el acero a la mirada.

​Subió al piso de Recursos Humanos, donde una docena de mujeres elegantes esperaban su turno para la vacante de asistente personal de la presidencia. Miranda se sentó en una de las sillas de cuero, manteniendo la espalda recta y las manos entrelazadas sobre su carpeta de documentos. Sabía que la competencia era dura, pero ella tenía una inteligencia aguda y una necesidad voraz de estabilidad.

​—¿Miranda Soler? —llamó la secretaria del reclutador.

​Miranda se puso de pie, alisó su falda y caminó con paso firme hacia la oficina de entrevistas. El director de Recursos Humanos, un hombre de lentes y expresión meticulosa, revisó su currículum mientras ella se sentaba frente a él.

​—Vaya, veo que tiene excelentes referencias de sus empleos anteriores como recepcionista y auxiliar, señorita Soler, aunque hay algunos huecos de tiempo en su historial —comentó el hombre, mirándola con curiosidad.

​—Soy madre soltera, señor —respondió Miranda con total honestidad y una dignidad inquebrantable—. Tuve que priorizar el cuidado de mi hijo en momentos difíciles, pero le aseguro que soy una mujer extremadamente organizada, eficiente y comprometida. Sé trabajar bajo presión y no le temo a los retos exigentes. Solo necesito una oportunidad para demostrar mi valor.

​El reclutador se quedó impresionado no solo por la fluidez de sus respuestas y su impecable ortografía en las pruebas técnicas, sino por la mirada azul de la joven. Había una mezcla de pureza, madurez y determinación en ella que rara vez se encontraba en las candidatas de sociedad que solo buscaban estatus.

​—Me gusta su actitud, señorita Soler. El presidente de esta compañía es un hombre sumamente estricto, un líder implacable que no tolera la mediocridad. Buscamos a alguien con nervios de acero y una discreción absoluta.

​—La discreción y la lealtad son mis mayores virtudes, caballero —aseguró Miranda con voz firme.

​El hombre sonrió, anotando algo en su tableta.

—Bien. Ha pasado los primeros filtros con una puntuación perfecta. Queda seleccionada para la terna final que evaluará la secretaría de la presidencia. Si todo sale bien, mañana mismo podría empezar a trabajar directamente en el piso más alto.

​Al salir corporativo, Miranda sintió que el corazón le daba un vuelco de pura felicidad. El camino hacia una vida respetable y segura para su hijo finalmente se estaba abriendo. Lo que ella no imaginaba era que el "jefe implacable" al que tanto temían en los pasillos corporativos era el mismo hombre que, bajo el misterio de una máscara de cuero, había reclamado su cuerpo en la oscuridad.

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