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Capítulo 4: La Mascara De Pasión

El zumbido lejano del tráfico de la madrugada comenzó a filtrarse por los ventanales de la suite 404. La tormenta que había amenazado toda la noche finalmente había estallado fuera, golpeando los cristales con una lluvia mansa y constante. Dentro de la habitación, el silencio era denso, interrumpido solo por la respiración profunda y acompasada de Alejandro.

​Miranda abrió los ojos despacio. El calor del cuerpo del hombre a su lado la envolvía por completo; uno de los pesados y musculosos brazos de él descansaba de manera posesiva sobre su cintura, manteniéndola anclada a las sábanas de seda negra.

​Durante unos segundos, la confusión la embargó. Su cuerpo aún vibraba con los ecos de una pasión que jamás imaginó experimentar; sentía la piel sensible, los labios hinchados y una extraña opresión en el pecho que no era miedo, sino algo mucho más complejo. Pero la realidad la golpeó de golpe como un balde de agua fría.

​Thiago.

​El recuerdo de su hijo enfermo y el ultimátum de Don Roque despejaron cualquier rastro de letargo en su mente. Tenía que irse. La regla de oro de L’Éclipse era clara: el anonimato total se mantenía únicamente si se abandonaba la habitación antes de que los primeros rayos del sol disiparan la magia de las máscaras.

​Con una lentitud tortuosa y el corazón latiéndole en la garganta, Miranda tomó la mano de Alejandro por la muñeca y la levantó un par de pulgadas con extremo cuidado. El empresario se movió levemente entre sueños, soltando un gruñido ronco que hizo que ella contuviera el aliento por completo. Esperó, inmóvil, hasta que él se acomodó de lado, dándole la espalda y hundiéndose de nuevo en un sueño profundo producto del agotamiento.

​Miranda se deslizó fuera de la cama. El frío del suelo de madera la hizo estremecerse, pero no se detuvo. Caminó de puntitas hacia el baño, donde se lavó la cara a toda prisa y se vistió con el vestido negro de Candy. Al mirarse al espejo, se dio cuenta de que sus cintas del antifaz seguían perfectamente anudadas; su secreto seguía a salvo.

​Regresó a la alcoba principal para recoger sus pertenencias. Sobre la mesa de noche de mármol, al lado de una lámpara de luz tenue, descansaba el bolso de mano de Alejandro y, justo al lado, el grueso fajo de billetes de alta denominación que él había prometido. Al tomar el dinero, los dedos de Miranda temblaron. No era orgullo lo que sentía, sino un alivio devastador. Con eso pagaría los dos meses de renta, compraría el mejor antibiótico para Thiago y le aseguraría comida para varias semanas. Había salvado a su hijo.

​Antes de dar media vuelta hacia la salida, un impulso incontrolable la hizo girarse hacia la cama para mirar a su amante por última vez.

​La sábana de seda se había deslizado hasta la altura de la cadera de Alejandro, dejando al descubierto su imponente espalda. En la penumbra de la habitación, la luz púrpura del techo y el reflejo grisáceo del amanecer que se filtraba por las cortinas iluminaron con perfecta nitidez su piel.

​Miranda contuvo el aliento, abriendo los ojos de par en par.

​En la parte superior de su espalda, justo en el centro de los omóplatos, destacaba un tatuaje de dimensiones imponentes y trazos oscuros y perfectos: una rosa detallada, con espinas afiladas que parecían cobrar vida, atravesada verticalmente por la hoja plateada de una espada. El diseño era tan soberbio como peligroso, una marca de fuego que gritaba poder, dualidad y misterio. Era la única pista real que tenía del hombre que la había hecho conocer los límites del deseo.

​Miranda grabó la imagen en lo más profundo de su memoria, sintiendo un escalofrío indescriptible. Se obligó a apartar la mirada, tomó su bolso y caminó hacia la puerta. Salió de la suite 404 en absoluto silencio, cerrando tras de sí el capítulo más oscuro y ardiente de su vida.

​Una hora más tarde, Miranda cruzaba el pasillo de la vecindad de mala muerte. El olor a humedad y encierro la recibió de golpe, devolviéndola a su cruda realidad. Abrió la puerta de su cuarto y vio a Candy dormida en la silla de madera, cuidando fielmente de su pequeño.

​Miranda se acercó a la cama. Thiago seguía respirando con dificultad, pero su rostro se veía un poco más relajado. Con manos firmes, Miranda colocó el fajo de billetes sobre la mesa, justo encima de los treinta y cinco centavos que se habían quedado allí como un recordatorio del abismo.

​—Lo logré, mi amor —susurró Miranda, inclinándose para besar la frente de su hijo, mientras las lágrimas corロー generosas por sus mejillas, limpiando el maquillaje pero no el recuerdo de la rosa y la espada—. Estás a salvo. Mami ya te salvó.

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