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Capítulo 6: Alejandro Villarreal

​En el piso más alto de la imponente torre corporativa, el silencio se rompía únicamente por el suave rasguño de una pluma estilográfica sobre papel de alta calidad. Detrás del majestuoso escritorio de madera de nogal, Alejandro Villarreal revisaba los estados financieros de su última adquisición hotelera con la mirada afilada y la concentración de un halcón.

​A sus treinta y tres años, Alejandro era el dueño absoluto de Villarreal & Asociados, el imperio turístico y de hospedaje más importante y prestigioso del país. A diferencia de los herederos con los que solía cruzarse en los clubes de golf, él no había recibido nada en bandeja de plata. Había construido su fortuna desde los cimientos a base de una disciplina de hierro, noches en vela y una astucia empresarial feroz que rozaba lo implacable. En su vocabulario no existía la palabra "error", y sus empleados lo sabían perfectamente: el señor Villarreal era un jefe estricto, frío y de una exigencia matemática.

​Físicamente, Alejandro era el reflejo de su propio poder. De hombros anchos, mandíbula firme y una estatura imponente que rebasaba el metro ochenta y cinco, poseía un atractivo magnético y peligroso que intimidaba a los hombres y enloquecía a las mujeres. Sin embargo, detrás de sus trajes impecables hechos a la medida y sus modales de la alta sociedad, la vida de Alejandro era una prisión de amargura y deber.

​Alejandro estaba casado. Su esposa, Gala, una mujer refinada con la que se había unido años atrás más por un pacto de estatus y conveniencia social que por verdadero amor, llevaba más de un año librando una dolorosa y devastadora batalla contra el cáncer. Alejandro nunca la había amado con la pasión que lee en los libros, pero verla consumirse día a día en una cama médica dentro de su propia mansión le destrozaba el alma. La compasión y un pesado sentido de la responsabilidad lo encadenaban a ella. No podía abandonarla; no sería el monstruo que dejara sola a una mujer moribunda. Por eso, cargaba en silencio con el remordimiento y la piedad, soportando un hogar donde el olor a medicamentos y la sombra de la muerte lo asfixiaron a diario.

​Por esa misma razón iba a L’Éclipse. El exclusivo club nocturno era su único escape, el único lugar del mundo donde podía quitarse la máscara de esposo perfecto y el traje de empresario ejemplar para liberar el fuego oscuro, dominante y salvaje que llevaba dentro.

​Alejandro dejó la pluma sobre el escritorio y se frotó las sienes con frustración. Por primera vez en su impecable carrera, estaba perdiendo la concentración en horas de trabajo. Y todo por culpa de un espejismo.

​Hacía semanas que no podía sacarse de la cabeza la noche que pasó en la suite 404. Había tenido a las mujeres más hermosas a su disposición, pero ninguna lo había hecho temblar de esa manera. Recordaba la calidez de su piel sedosa, su timidez inicial mezclada con una entrega absoluta que lo había vuelto loco... pero, sobre todo, recordaba sus ojos. Un par de ojos azul eléctrico, profundos y cristalinos, cargados de una mezcla de inocencia y desesperación que lo habían encendido de una manera brutal. Había regresado al club a la mañana siguiente con un fajo de billetes dispuesto a comprar su exclusividad, pero ella se había esfumado antes del amanecer, dejándolo con una obsesión que crecía con los días.

​Al moverse en su silla, la tela de su costosa camisa blanca de algodón egipcio se tensó contra su espalda, ocultando el tatuaje de la rosa y la espada que llevaba entre los omóplatos, el reflejo exacto de su verdadera naturaleza.

​El repentino sonido del intercomunicador lo sacó bruscamente de sus pensamientos. Alejandro presionó el botón con visible fastidio.

​—¿Qué pasa, Laura? —preguntó con su habitual voz barítona, profunda y cortante.

​—Señor Villarreal, lamento interrumpir su lectura —respondió su secretaria desde el escritorio de la recepción—. El director del departamento de Recursos Humanos me informa que ya tienen a las tres candidatas finalistas para el puesto de asistente personal de la presidencia. Están abajo, esperando el filtro final. ¿Quiere que las hagan subir para que las evalúe usted mismo?

​Alejandro miró el reloj de oro que ceñía su muñeca izquierda. El tiempo lo estaba presionando. Necesitaba adelantar la revisión de los contratos para poder salir temprano y relevar personalmente a la enfermera que cuidaba a Gala. No tenía un solo minuto que perder en entrevistas de oficina, y el puesto de asistente, aunque importante, requería simplemente a alguien eficiente y con un perfil técnico impecable.

​—No, Laura, hoy no tengo tiempo para eso —dictaminó con frialdad—. Confío en el criterio del director de Recursos Humanos. Infórmale que haga las entrevistas él mismo, que filtre los currúculums con el estándar más alto y que contrate a la mejor de inmediato. Solo envíame el informe de la persona seleccionada a mi correo cuando esté firmado el contrato.

​—Entendido, señor Villarreal. Así se lo haré saber.

​Alejandro cortó la comunicación, acomodó las carpetas sobre el nogal y se sumergió de nuevo en los números, obligándose a enterrar el recuerdo de los ojos azules que lo perseguían. No tenía la más mínima idea de que, en el piso de abajo, Miranda Soler acababa de ser seleccionada por el reclutador, lista para firmar el contrato que la metería de lleno en el corazón de su imperio corporativo a partir de la mañana siguiente.

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