El sonido de la tarjeta magnética al deslizarse por la cerradura de la suite 404 sonó como una sentencia definitiva. Alejandro empujó la pesada puerta de madera oscura y se hizo a un lado, permitiendo que Miranda entrara primero.
La habitación era un santuario al deseo. Enormes ventanales de piso a techo ofrecían una vista panorámica de las luces de la ciudad, pero las gruesas cortinas de terciopelo negro bloqueaban casi toda la iluminación, dejando el espacio sumido en una penumbra íntima. El aire estaba impregnado de un aroma a sándalo y cuero. En el centro, una imponente cama de postes matrimoniales, vestida con sábanas de seda negra, esperaba como el escenario del pacto que acababan de sellar.
Miranda se detuvo a unos pasos de la cama, dándole la espalda. El corazón le latía con tanta fuerza en el pecho que temía que él pudiera escucharlo. El fajo de billetes pesaba en su bolso; la vida de Thiago estaba a salvo, pero ahora venía la parte más difícil. Sus hilos internos de decencia se tensaron. Ella no era una mujer de una noche, jamás lo había sido, y la idea de entregarse a un extraño la aterrorizaba.
Alejandro cerró la puerta con el cerrojo y se tomó su tiempo para observarla. La silueta de Miranda, recortada por la sutil iluminación púrpura del techo, era una obra de arte. La seda negra de su vestido caía de forma líquida sobre sus curvas, y la ligera rigidez de sus hombros delataba que estaba librando una batalla interna. A Alejandro esa timidez no lo alejó; al contrario, alimentó su vena más posesiva y dominante. En un mundo donde todo el mundo fingía, la vulnerabilidad real de esta mujer lo ponía al límite.
Caminó hacia ella con pasos felinos, sin hacer ruido, hasta que Miranda sintió el calor abrasador de su cuerpo rozando su espalda.
—Todavía estás temblando, azul —susurró Alejandro, su profunda voz barítona rozando la sensible piel detrás de la oreja de Miranda. El aliento cálido del empresario le erizó los vellos de la nuca—. El trato está hecho. El dinero es tuyo. Pero te advertí que aquí adentro me pertenecerías. No quiero a una estatua de hielo en mi cama. Quiero tu verdad.
Antes de que ella pudiera responder, las manos grandes y firmes de Alejandro se posaron en sus hombros. Con una lentitud tortuosa, deslizó sus dedos por sus brazos, bajando los tirantes del vestido negro y dejando al descubierto sus hombros pálidos y perfectos. Miranda soltó un jadeo ahogado cuando sintió los labios de él —firmes y carnosos bajo el antifaz de cuero— depositar un beso ardiente en la base de su cuello.
—Mírame —ordenó Alejandro, girándola con firmeza pero sin brusquedad para obligarla a enfrentarlo.
Miranda alzó la cabeza. Sus ojos azul eléctrico chocaron contra la mirada oscura y hambrienta de Alejandro. La intensidad erótica en el aire era tan densa que el aire parecía faltar. Alejandro la tomó de la cintura, pegando el cuerpo de ella contra el suyo. La diferencia de tamaños era abrumadora; ella se sentía diminuta, completamente desarmada ante la imponente anatomía del magnate.
—Eres hermosa... una criatura fascinante —gruñó él, perdiendo la poca paciencia que le quedaba.
Alejandro capturó sus labios en un beso brutal, posesivo y cargado de un deseo reprimido durante meses. Miranda abrió los ojos por el shock, pero la calidez de la boca de él, la forma en que su lengua reclamaba la suya y el aroma puramente masculino que la envolvía despertaron algo que ella creía muerto en su interior. El miedo comenzó a transformarse en un fuego líquido que se instaló directamente en su vientre. Olvidó la miseria, olvidó la vecindad; por primera vez en años, Miranda Soler se sintió deseada, viva, encendida por una pasión salvaje.
Sus manos, inicialmente rígidas, subieron por el pecho de Alejandro, aferrándose a la tela de su costoso saco. Un gemido suave escapó de la garganta de Miranda, y ese sonido fue el detonante para que Alejandro perdiera el control.
Con un movimiento rápido, Alejandro desabrochó el cierre del vestido negro, dejando que la prenda se deslizara por el cuerpo de Miranda hasta caer en un charco de seda sobre la alfombra. Ella quedó en una lencería de encaje sencilla pero exquisita que Candy le había obligado a usar. Alejandro contuvo el aliento; su piel era suave como la porcelana, sus curvas perfectas e irresistibles.
Él se deshizo de su saco y corbata con movimientos fluidos, sin dejar de devorarla con la mirada. La cargó en vilo, y Miranda rodeó instintivamente la cintura del imponente hombre con sus piernas. Alejandro la depositó sobre la suavidad de las sábanas de seda negra de la cama, colocándose entre sus muslos.
La noche se convirtió en un torbellino de sensaciones explícitas y ardientes. Alejandro se tomó el tiempo para marcar cada rincón de la piel de Miranda con sus manos y su boca, arrancándole gemidos que ecoaban en la penumbra de la suite. Ella se descubrió respondiendo a cada una de sus exigencias, entregándose con un salvajismo inolvidable, arañando la tela de la camisa que él aún no se había quitado del todo en el calor del momento. La conexión era tan intensa que parecía ir más allá de un simple encuentro pagado; era como si sus almas hambrientas hubieran encontrado un refugio en medio de sus respectivas tragedias.
Horas más tarde, el ritmo frenético dio paso a una calma exhausta. En la penumbra de la madrugada, los cuerpos de ambos quedaron entrelazados entre las sábanas deshechas, unidos por el sudor y el eco de una pasión que los había marcado para siempre, ajenos a que el destino ya estaba tejiendo la red que los uniría a la luz del día.