Era la voz de Martín, con el olor a alcohol que me golpeó al mismo tiempo, una mezcla de whisky viejo conocido. Sus manos empezaron a recorrerme más, con más confianza, y ahí sí me levanté, estiré la mano y encendí la lámpara
Estaba hechado en mi cama con la camisa desabotonada, el cabello despeinado, los ojos brillosos por el alcohol, borracho, pero no tanto como para no saber dónde estaba.
—¿Qué haces aquí? —pregunté, todavía con la respiración un poco agitada.
Él soltó una risa corta, medio