—Esto es por la vergüenza que le hiciste pasar a mi marido —alce la voz
Rebeca me miró aturdida, con los ojos bien abiertos, y no alcancé a saber si iba a decir algo porque vino la segunda, otro golpe del otro lado, la cabeza se le fue hacia el lado contrario.
—Esto por malcriar a mis hijos —solté.
La tercera llegó seguida, más rápida, casi sin espacio entre una y otra.
—Esto por culparme para hacerme quedar mal todo este tiempo.
La tercera la tomé con calma, respiré, la miré fijo, le dejé claro que esta sí iba en serio, y entonces la solté, tan fuerte que perdió el equilibrio, cayó al suelo de rodillas y luego de lado, una mano en la mejilla, la otra buscando apoyo en el piso.
—Y esta —dije—, por meterte en mi matrimonio.
El silencio que siguió fue brutal, Yolanda corrió hacia ella, se agachó a ayudarla.
—¡Señor! —se quejó, casi indignada—, no puede permitir esto, esto es un abuso!!
Rebeca lloraba en el piso, ahora sí como una niña, con el maquillaje corrido, la blusa un poco torcida