—¿Me crees tonta? —les gritaba— ¿Cómo que no lo vieron al salir?
Yolanda, su perrita faldera, estaba al lado de otra empleada que tenía cara de querer morirse
—Se lo juro, señora, que no lo hemos visto —decía— habrá salido en la madrugada…
—¡Mentira! —gritó Rebeca— ¡Aquí está su saco y su celular! ¿Me creen estúpidas?
Una de las empleadas, la más ingenua, se atrevió a decir
—Pero señora… si el señor llegó, ¿no fue a dormir con usted?…
La cachetada sonó hasta arriba
—Si hubiera dormido conmigo no estaría preguntándote, estúpida —escupió— tuvimos una leve pelea y prefirió dormir en algún lado, búsquenlo, rápido
Los empleados se movieron de inmediato, todos menos Yolanda, mientras yo bajaba las escaleras despacio, sin hacer ruido
—¿Fuiste a ver a la habitación de los niños? —preguntaba Rebeca
—No, señora —respondió Yolanda— incluso los niños lo esperaron antes de ir a la escuela, pero él no estaba
—¿Entonces dónde diablos estará? —rechistó Rebeca
Pisé el último escalón y la idea apareció,