En la esquina del salón, cuatro empleados, dos mujeres y dos hombres, todos mirándome con un desprecio tan obvio que casi me dio risa.
Ah… los mismos que se burlaban antes, los mismos que obedecían a Rebeca como si fuera su dueña, los mismos que me menospreciaban día tras día.
Solté una risa suave, perfecta, porque entendí que estos serían los primeros en caer, para que entren los agentes de Claudio primero tengo que eliminar a estos inútiles… y nada mejor que hacer que Rebeca misma los ponga en bandeja, ya sabía exactamente cómo.
Mientras pensaba en eso levanté la mirada casualmente y ahí estaba Santiago en el balcón del segundo piso, me hizo un gesto imperceptible, todo estaba colocado, las cámaras ocultas brillaban casi invisibles.
Asentí con discreción y Santiago desapareció entre las sombras mientras yo volvía a llevarme la copa a los labios, analizando el siguiente paso, porque Rebeca era impulsiva, celosa, obsesionada con quedar bien ante Martín, y yo solo necesitaba que esos cu