Me quedé helada, los engendros del demonio, malcriados, crueles, desagradecidos, recordé la sopa hirviendo, los insultos, su desprecio, todo cayendo sobre mí como un golpe que no terminaba nunca.
Guardé silencio, y Claudio entendió todo sin que yo hablara.
—Pueden quedarse con sus abuelos —añadió—, pero son tus hijos, no puedes abandonarlos, recuerda que ellos heredarán la fortuna Cruz
Y… tenía razón, aunque no sintiera nada por ellos, eran parte del plan.
Asentí despacio, sin dejar de pensar e