Golpeé el hombro de una de ellas al pasar, no fuerte, solo lo suficiente para recordarles que no eran nadie para mí, y Santiago me siguió de inmediato, casi trotando para alcanzar mi paso mientras salíamos del restaurante.
El aire frío del centro comercial me golpeó la cara, pero aun así seguía hirviendo por dentro, la mandíbula apretada, las manos cerradas, el temblor vivo de la rabia contenida recorriéndome entera.
Santiago se colocó a mi lado, tímido, como si no supiera si tenía permiso de h