“Oh, pan comido”. Zion guiña un ojo. “Me fue bien”.
Él se había unido espontáneamente a una competencia de invierno la semana pasada y quedó de primero.
“Más que bien, quedó de primero”, digo, haciendo que todos se vuelvan hacia mí.
Mi corazón late fuerte, deseando no haber hablado mientras Sebastián inclina su cabeza, caminando junto a los niños.
“No esperaría nada menos de nuestro hijo”, dice él, bajando su voz unas octavas. “¿Cómo has estado, Zaia?”.
Intento sonreír, pero mis labios tiem