Esa tarde, el apartamento era un hervidero de papeles, gráficos y presentaciones. Mi escritorio improvisado en la sala estaba cubierto de documentos, cada uno de ellos un testimonio de las horas que había dedicado a este proyecto. El aroma a café, que se había vuelto mi fiel compañero en las largas noches de estudio, flotaba en el aire, mezclándose con el tenue olor a metal que aún se aferraba a mi ropa de trabajo.
Revisaba cada diapositiva, cada cifra, cada argumento. El proyecto era mi bebé,