- ¡Auch!.
Dejó caer las pinzas, al sentir el pinchazo en su dedo.
Miró como la sangre, roja y fresca, comenzaba a resbalar por este, dejando tras de sí, un rastro carmesí.
Se enderezó y tomó una pequeña servilleta para limpiar la pequeña herida, para luego mirar la pieza a medio acabar: por lo visto ese día tampoco la podría terminar.
Restregó su rostro con un mohín de entero fastidio mezclado con hastío, sintiéndose avergonzada nuevamente por no poder controlar sus emociones.
- A este paso, ll