Un hombre de mediana edad, curtido por el sol y corpulento, empujaba a una anciana en silla de ruedas, cuyos cabellos grises y las arrugas en su rostro, eran los únicos testigos del paso del tiempo y las batallas que había tenido que pelear.
Caliope apretó las manos en puños y su mandíbula amenazaba con romperse ante la presión que esta ejercía.
Se repetía una y otra vez que aquella mujer era una víctima más de la crueldad de su madre, pero no por eso disminuía la rabia en su corazón el recorda