Dorian miraba hacia todos lados con impaciencia, buscando entre aquella marea de cabelleras, a una flameante pelirroja, pero esta no apareció.
Por lo visto ese día había decidido no ir a supervisar el restaurante.
Suspiró decepcionado, dándole un largo sorbo a su café, cuyo aroma y sabor gritaba Casandra a todo pulmón.
Miró la hora en su reloj: las 11:00 de la mañana. Ya se había retrasado 15 minutos y ya comenzaba a impacientarse. La impuntualidad nunca había sido algo tolerable en su entorno.