En otra parte de la ciudad, Marco permanecía frente a una montaña de documentos que llevaba horas sin conseguir terminar. Su teléfono descansaba junto a una carpeta y, en la pantalla, continuaba abierta la conversación con Adelaide. Había enviado otro mensaje esa mañana y, como todos los anteriores, no recibió respuesta.
—Buenos días, Adelaide. Espero que estés bien —escribió Marco, observando la pantalla durante varios segundos antes de guardarlo. Dejó escapar un suspiro y se pasó una mano p