La puerta del pequeño apartamento se abrió y Sofía entró junto a Mateo, quien dejó su mochila en una silla apenas cruzó el umbral. Adelaide estaba en la sala, limpiando una mesa que ya estaba perfectamente limpia. Tenía el cabello recogido de manera sencilla y llevaba varios minutos haciendo lo mismo, como si mantener las manos ocupadas pudiera impedirle pensar en todo lo que había ocurrido durante el día. Al escuchar la voz de su sobrino, levantó la cabeza y esbozó una pequeña sonrisa.
—¡Tía A