El sol había bajado más en el cielo, tiñendo el retiro de un tono ámbar, cálido y suave. Katherine y Carolina caminaban juntas, con los restos de una risa floja por un chiste compartido que ya apenas recordaban.
—Deberíamos ir a ver a los chicos —dijo Carolina, pasándose los dedos por el cabello—. Probablemente sigan holgazaneando por ahí.
Katherine sonrió con picardía. —¿Cabaña E?
—Vamos.
Sus pasos crujían suavemente en el sendero de grava mientras se dirigían hacia la cabaña de los hombres. E