Se sentaron justo afuera de la Cabaña F, con tazas calientes acurrucadas entre sus manos y sus cuerpos envueltos en suéteres tejidos para protegerse del leve frío de la mañana. La brisa era suave, de esas que se sienten como un susurro del ayer. Desde su posición, el bosque se extendía amplio y silencioso, y el cielo era un lienzo azul pálido veteado de nubes como suaves pinceladas.
Carolina le dio un suave toque con el hombro a Katherine.
—Sabes… ¿cuando llegamos aquí? Sinceramente pensé que s