Katherine estaba de pie frente al pequeño edificio de la panadería, un local amarillo pálido con la pintura ligeramente descascarada y ventanas polvorientas que susurraban historias de días ya lejanos. El aire olía tenuemente a harina y madera vieja, y a pesar de su aspecto desgastado, el lugar tenía un encanto silencioso que le tiraba del corazón. Casi podía imaginar a la gente haciendo fila en las mañanas frías, con tazas de café en las manos, sus risas mezclándose con el aroma del pan recién