La luz dorada del atardecer se derramaba sobre las aceras familiares de Brooklyn, proyectando largas sombras del pasado mientras Katherine caminaba lentamente, con las manos hundidas en los bolsillos de su abrigo de lana. La brisa era fresca y rozaba sus mejillas como un recuerdo suave, y aunque las calles vibraban con la vida habitual de la ciudad —madres empujando cochecitos, adolescentes riendo a carcajadas, alguien poniendo R&B clásico desde una bodega en la esquina— ella se sentía envuelta