—¡Suéltame!
Sentí como giró y empezó a caminar a la casa. No iba a permitir que me llevará, así que saqué mis garras y se las hundí en la espalda, escuché un quejido de su parte, pero no me bajó.
—¡Suéltame! —volví a gritar —. ¡Ayuda!
—¡Callate! —gruñó —. Nadie te va a ayudar, soy el Alfa, lo olvidaste.
—No me importa, déjame ir. ¡AYUDA!
—Deja de…
—¡Suficiente!
Otra voz hizo que ambos nos detuvieramos.
—Graham, baja a la chica, estás haciendo un escándalo.
Esa era la voz de la razón, no