—¡No puedes hacer eso! —exclamé —. Necesito salir de aquí.
Él se dio la vuelta y caminó a la cama, tomé la sábana y la subí hasta mi pecho, fue como un reflejo, como si me fuera a proteger de lo que sea que quisiera hacerme.
—No estás en condiciones de nada —respondió —. Te quedarás en esta habitación, en esta cama hasta que yo lo diga.
—Creí que era hasta que me recupere.
—No.
El corazón me empezó a latir con fuerza.
—Esto es una locura —negué —. Tú te has vuelto loco.
—No.
Da un paso má