Los días pasaron lentamente mientras Samira se recuperaba del envenenamiento. La casa estaba en constante agitación, con sirvientes interrogados y habitaciones registradas minuciosamente, pero no se encontró nada que apuntara al culpable.
Alister, incansable en su vigilancia, se negaba a dejar a Samira sola. A medida que su salud mejoraba, Samira comenzó a insistir en que Alister debía volver a su trabajo.
Una tarde, mientras estaban en la habitación de la mujer, ella se dirigió a él con una me