Samira estaba atada a la silla, las frías esposas de hierro alrededor de sus muñecas le cortaban la circulación y apenas podía moverlas. Intentaba de todas las formas posibles liberarse, buscando alguna debilidad en la estructura de la silla, alguna forma de romperla. Pero era inútil, el material era demasiado resistente, mucho más de lo que ella podía manejar en ese estado. Las muñecas le dolían por la presión de las esposas, pero eso no la detenía. No iba a rendirse tan fácilmente. El sudor p