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Capítulo 5: Matrimonio forzado

Y así, sin darles realmente espacio para detenerlo, todo se puso en marcha. El anuncio del compromiso salió primero como una filtración discreta… y en cuestión de horas ya estaba en todas partes. Portadas, titulares, redes, comentarios. El nombre de Damián Moreau volvió a ocupar el centro de atención, pero esta vez no por negocios ni por campañas, sino por algo mucho más personal. El hombre más codiciado, el que nunca se detenía, el que nunca se comprometía… finalmente sentaba cabeza. Y no con cualquiera.

Con Meivi Villaseñor.

La noticia no solo sorprendió, sacudió. Dos nombres fuertes, dos mundos que se conocían demasiado bien… y no precisamente por buenas razones. Pero eso, para la prensa, lo hacía aún más interesante.

La celebración se organizó con una precisión casi quirúrgica. Nada quedó al azar. Cada detalle fue supervisado, aprobado, perfeccionado. Y el lugar elegido no fue casualidad: Hotel de Russie, en pleno corazón de Roma, uno de los espacios más exclusivos y discretamente lujosos de la ciudad. Jardines privados, arquitectura elegante, un ambiente que respiraba dinero, poder y tradición sin necesidad de exagerarlo.

Durante una semana entera, todo giró en torno a ese evento. Diseñadores, organizadores, seguridad, prensa… cada pieza encajando para que esa noche fuera exactamente lo que ambas familias necesitaban que fuera: impecable.

Y llegó el día.

Meivi se observó una última vez antes de salir. El vestido caía perfecto sobre su cuerpo, marcando cada línea con una elegancia que no necesitaba esfuerzo. No era exagerado, no era ostentoso… era preciso. Como ella. Su cabello, su maquillaje, cada detalle estaba cuidado, pero no había nervios evidentes en su expresión. Solo esa calma suya que siempre parecía esconder más de lo que mostraba.

Cuando el auto finalmente se detuvo frente al lugar, el ruido la alcanzó antes de que la puerta se abriera. Voces, cámaras, flashes. Reporteros intentando capturar el mejor ángulo, murmullos de la alta sociedad observando cada movimiento.

Salió con la postura firme, sin prisa, acostumbrada a ese tipo de atención, aunque no significara que le gustara. A su lado, su familia mantenía la misma compostura. Elegantes, correctos, perfectamente alineados con lo que el momento exigía.

Las miradas no tardaron en centrarse en ella.

Meivi Villaseñor.

La mujer que había pasado de ser admirada por su talento… a convertirse en la protagonista de uno de los compromisos más comentados del momento.

Entraron entre saludos medidos, sonrisas controladas y el constante destello de las cámaras. Dentro, el ambiente era distinto. Más contenido. Más selectivo. Conversaciones en voz baja, copas en mano, miradas que analizaban más de lo que decían.

Pasaron unos minutos.

Y entonces llegó la otra parte.

El auto de la familia Moreau se detuvo frente a la entrada, y como si fuera un reflejo automático, la atención se desplazó hacia ellos. La presencia de Laurent Moreau imponía respeto, pero no era él quien capturaba realmente el interés.

Era Damián.

Bajó del auto con la misma seguridad de siempre, impecable, sin esfuerzo visible. No necesitaba exagerar su presencia. La tenía. Saludó lo necesario, lo justo, manteniendo ese equilibrio perfecto entre cortesía y distancia.

Entró.

Y el ambiente, aunque nadie lo dijera, cambió.

No fue inmediato. Fue sutil. Pero se sintió.

Los minutos que siguieron estuvieron llenos de saludos, intercambios formales, fotos que capturaban el momento exacto que todos querían ver. Hasta que, inevitablemente, el punto de encuentro se dio.

Frente a frente.

Damián y Meivi.

No hubo palabras al inicio. Solo una mirada.

Una que duró lo suficiente como para decir demasiado.

No era una mirada cálida. Tampoco fría del todo. Era algo más complejo, más cargado. Historia acumulada, orgullo, recuerdos que ninguno de los dos iba a mencionar en ese momento.

Damián fue el primero en romper ese silencio invisible, inclinando apenas la cabeza en un gesto correcto.

—Meivi.

Su voz fue neutra. Controlada.

Ella sostuvo su mirada un segundo más antes de responder.

—Damián.

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[Damián Moreau]

No sé cuántas preguntas tuvimos que responder esa noche, pero fueron demasiadas. Periodistas, socios, fotógrafos… todos con la misma sonrisa falsa, la misma curiosidad disfrazada de cortesía. Meivi y yo jugábamos bien el papel, como dos actores que conocen su guion al milímetro.

Ella respondía con elegancia.

Yo asentía, añadía lo justo y mantenía el rostro tranquilo. Ni una mueca de fastidio, ni una palabra de más. A simple vista éramos una pareja perfecta, pero por dentro solo pensaba en cuánto tiempo más iba a tener que soportar el circo.

Meivi tenía ese aire sereno. No porque fuera desagradable, sino porque sabía controlarse demasiado bien. Y yo, sinceramente, detesto no poder descifrar lo que alguien piensa.

Estaba justo por sugerir que nos retiráramos cuando lo vi. Un tipo alto, cabello rubio, sonrisa de anuncio barato. Caminó hacia nosotros con la confianza de quien cree que el mundo entero lo espera.

—Meivi —dijo con una voz tan empalagosa que me dio ganas de reír—. No puedo creer que sigas igual de hermosa.

Ella se tensó al instante. La sonrisa se le borró en cuestión de segundos, y eso me bastó para saber que no era precisamente un viejo amigo querido.

—Thomas —respondió ella, seca, sin entusiasmo.

Ah. El nombre me sonaba. No lo conocía personalmente, pero había escuchado alguna vez que ese tipo había trabajado con ella en una campaña. Algo así. No presté atención entonces, pero ahora deseé haberlo hecho.

Thomas se acercó más, demasiado.

—No sabía que te habías comprometido. Qué sorpresa… No pensé que te interesaran los hombres tan… tradicionales. —Sus ojos se deslizaron hacia mí con una sonrisa cargada de veneno.

Meivi intentó mantener la compostura.

—No tengo por qué darte explicaciones.

Él rió bajo.

—Siempre tan orgullosa. Supongo que sigues creyendo que nadie está a tu altura.

La conversación empezaba a atraer miradas. La gente cercana bajó el tono de voz, fingiendo que no escuchaba, pero todos lo hacían. Yo observaba, sin intervenir. No porque me diera igual, sino porque prefería medir mis pasos antes de actuar.

Pero entonces el idiota la tocó.

Una mano en su brazo, suave, pero con esa intención arrogante de quien quiere marcar territorio frente a un público.

Y ahí se acabó mi paciencia.

—Retira la mano —le dije, sin levantar la voz.

El hombre giró hacia mí, fingiendo sorpresa.

—Oh, tranquilo, solo hablaba con ella.

—Te dije que la retires —repetí, esta vez sin amabilidad.

Su sonrisa vaciló. No estaba acostumbrado a que alguien le hablara así.

Intentó bromear, pero ya no me interesaba escuchar.

Di un paso hacia él, lo suficiente para que entendiera que no estaba negociando.

—Si quieres seguir hablando, elige mejor a quién le pones las manos encima —le advertí—. Porque si vuelves a tocar a mi prometida, te aseguro que vas a necesitar otra mano para poder sostener la copa.

Su rostro cambió. Pasó del descaro a la incomodidad.

Meivi intentó interponerse, pero ya era tarde. El tipo murmuró algo ininteligible, dio un paso atrás y desapareció entre los invitados con la dignidad rota.

El silencio a nuestro alrededor era incómodo. Algunas personas fingieron no haber visto nada, otras sonreían con nerviosismo.

Yo solo ajusté el cuello de la chaqueta y respiré hondo.

Meivi me miró con una mezcla de sorpresa y molestia.

—No hacía falta que intervinieras —dijo al fin.

—Claro que hacía falta —respondí, sin darle tiempo a continuar—. Estabas a un segundo de estamparle la copa en la cara, y dudo que eso te dejara bien frente a la prensa.

Ella frunció el ceño.

—Puedo defenderme sola, Damián. No necesito que me salves.

—No te salvé —repuse con calma—. Solo puse a alguien en su lugar.

Su mirada se endureció.

—¿Así lo llamas? Porque desde aquí pareció un espectáculo más de tu ego.

Por un instante pensé en dejarla ir. Pero algo en mí se rebeló. Tal vez el orgullo, o tal vez el simple hecho de que nadie me hablaba así desde hacía años.

Tomé su muñeca con firmeza, sin brusquedad.

Ella se detuvo, sin voltearse.

—No lo hice por las cámaras —le dije en voz baja—. Lo hice porque me dio asco verlo tocarte.

La frase quedó suspendida entre nosotros.

Ella lo sabía, yo también. Ninguno quiso reconocer lo que eso significaba.

Después de unos segundos, se soltó despacio y dio un paso atrás.

—Agradezco el gesto —murmuró, con una calma ensayada—. Pero no necesito un héroe, Damián.

—Perfecto —contesté—. Yo no soy uno.

La vi alejarse entre la multitud. Y sí, probablemente tenía razón. No necesitaba que la defendiera.

Pero igual lo hice.

Y, maldita sea, no me arrepentía ni un poco.

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