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Capítulo 4: Ella otra vez

Lucía no se callaba. Desde que había entrado a la oficina, no había soltado a Damián ni un segundo, y ahora, sentada en su regazo como si fuera su lugar natural, hablaba sin pausas, saltando de una historia a otra con esa emoción que solo tienen los niños cuando sienten que alguien realmente los está escuchando.

Le contó del viaje, de la playa, de un helado que según ella era “el mejor del mundo”, de un perro que había intentado seguirla por todo el hotel, de cómo había convencido a su mamá de dejarla dormir más tarde. Cada detalle venía acompañado de gestos exagerados, manos moviéndose en el aire, ojos brillando.

Damián no la interrumpía. No era particularmente bueno con los niños, eso era evidente para cualquiera que lo conociera. Era más bien… tosco, directo, poco dado a ese tipo de paciencia. Pero con Lucía era distinto. No porque supiera exactamente qué hacer, sino porque simplemente… lo hacía.

La escuchaba.

Asentía de vez en cuando, soltaba un “¿sí?” o un “¿y luego?” en los momentos justos, y eso parecía suficiente para que ella siguiera hablando como si estuviera contando la historia más importante del mundo.

Samuel, apoyado contra el escritorio, los observaba con una sonrisa que mezclaba cansancio y diversión.

—Mira nada más —murmuró—. El hombre más insoportable que conozco… completamente domado por una niña de cinco años.

Damián ni siquiera se molestó en mirarlo.

—Cállate.

Lucía lo ignoró por completo, demasiado metida en su relato.

—Y después me caí, pero no lloré —dijo, inflando el pecho con orgullo.

Damián bajó la mirada hacia ella.

—Bien.

—Solo un poquito —añadió ella, bajando la voz como si fuera un secreto.

Samuel soltó una risa por lo bajo.

—Eso sí es honestidad.

Hubo un pequeño silencio, de esos cómodos, mientras Lucía jugaba distraída con el botón de la camisa de Damián. Y entonces, como si nada, Samuel se cruzó de brazos y lanzó la idea con esa naturalidad suya que siempre venía acompañada de algo más.

—¿Y si nos vamos a comer a un buen restaurante?

Damián levantó la mirada hacia él, ya sabiendo que algo venía detrás.

Samuel sonrió, ladeando la cabeza.

—Tu tío va a pagar, ¿no es así?

Lucía abrió los ojos de inmediato, mirando a Damián con expectación.

Damián lo miró como si fuera una molestia innecesaria, una especie de abuso descarado que ni siquiera intentaba disimular.

—Eres un descarado.

—Un descarado con hambre —respondió Samuel sin perder la sonrisa.

Damián soltó una exhalación leve, negando apenas, y luego bajó la mirada hacia Lucía. Su expresión cambió lo justo, apenas un matiz más suave.

—Sí, tu tío va a pagar, princesa.

Lucía sonrió de inmediato, como si acabara de ganar algo importante.

—¡Vamos!

Saltó del regazo de Damián sin previo aviso y corrió hacia la puerta, casi abriéndola antes de que alguien pudiera detenerla.

Samuel se llevó una mano a la frente.

—Esa energía no se acaba nunca.

Damián se puso de pie con calma, tomando el saco del sillón sin prisa.

—Es tu hija.

—Error —corrigió Samuel, caminando hacia la puerta—. Nuestra hija.

Damián lo miró de reojo.

—No exageres.

Samuel soltó una risa baja.

—Vamos, si tú pusiste tú buen corazón, yo puse el espermatozoide y mi esposa el óvulo… algo de mérito tienes.

Damián negó con la cabeza, sin seguirle el juego, pero sin poder evitar esa leve curva en la comisura de sus labios.

Antes de salir, se detuvo un segundo y miró a su asistente.

—Voy a estar fuera un rato. Encárgate de mis pendientes.

—Sí, señor Moreau.

Lucía ya estaba esperando afuera, moviéndose de un lado a otro con impaciencia, hasta que en cuanto vio a Damián, tomó su mano sin pedir permiso, como si fuera lo más natural del mundo.

Los tres salieron del edificio, y en cuestión de minutos ya estaban dentro del auto. Samuel tomó el volante, mientras Lucía iba atrás, hablando otra vez, señalando todo lo que veía por la ventana como si fuera nuevo.

Damián, en el asiento del copiloto, mantenía la mirada al frente, más relajado que antes, aunque su mente seguía trabajando por debajo.

El trayecto fue corto.

Cuando el auto se detuvo, el ambiente cambió de inmediato. El lugar al que llegaron tenía ese estilo elegante, clásico, casi impecable que definía ciertos restaurantes en Italia. Ristorante Aroma, con vista directa al Coliseo, era uno de esos sitios donde todo estaba medido: la luz, el servicio, el silencio selectivo.

Samuel bajó primero, rodeando el auto para abrirle la puerta a Lucía.

—Cuidado, señorita importante.

—Lo soy —respondió ella, completamente convencida.

Damián salió después, ajustándose el reloj con un gesto automático mientras observaba el lugar por un segundo.

No era casualidad. Samuel sabía exactamente a dónde llevarlo.

Entraron.

El ambiente era sobrio, elegante, con ese murmullo bajo de conversaciones bien medidas. Los recibieron casi de inmediato, guiándolos a una mesa con una vista privilegiada.

Lucía se sentó sin perder tiempo, apoyando las manos sobre la mesa.

—Quiero pasta —anunció, como si fuera una decisión definitiva.

Samuel sonrió.

—Eso se puede arreglar.

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La mesera se acercó con una sonrisa profesional, de esas que no invaden pero tampoco pasan desapercibidas. Les ofreció el menú, aunque realmente no lo necesitaban. Samuel pidió primero, algo rápido pero bien hecho; Damián hizo lo mismo, sin complicarse, y Lucía, sin levantar la vista del celular de su padre, repitió con seguridad que quería pasta, como si fuera la única opción válida en el mundo. La mesera anotó todo con eficiencia y se retiró, dejándolos nuevamente en esa burbuja cómoda que se había formado alrededor de la mesa.

Damián se acomodó ligeramente en la silla, apoyando un brazo sobre el respaldo mientras miraba a Samuel con más atención esta vez.

—¿Y cómo estuvo el viaje?

Samuel se reclinó un poco, soltando el aire con esa expresión de alguien que, aunque cansado, lo había disfrutado.

—Bastante bien. Nos hacía falta desconectarnos un poco… —hizo una pausa breve, mirando de reojo a Lucía, que ahora estaba completamente absorbida por los videos—. Mariana quería pasar a verte, pero con lo del embarazo se complicó.

—¿Embarazo? —interrumpió Damián, alzando la vista—. No lo mencionaste.

Samuel sonrió de oreja a oreja.

—Sorpresa. Vamos a tener otro. Esta vez espero que sea un niño.

No era un hombre de grandes demostraciones, pero el tono fue suficiente.

—Felicidades.

Samuel inclinó la cabeza, agradecido.

—Gracias.

Lucía infló las mejillas.

—No quiero un hermano.

—Sí quieres —replicó su padre, con cariño—. Y si no, se lo regalo a Damián.

—No, gracias —respondió él, sin inmutarse—. Apenas sobrevivo a una.

Samuel soltó una carcajada.

—Sabía que dirías eso. Siempre tan cariñoso.

Hubo un pequeño silencio después de eso, uno cómodo, sin necesidad de llenarlo de palabras. Lucía seguía en lo suyo, completamente ajena a la conversación, y por un momento todo parecía… normal.

Pero Samuel no se quedó ahí.

Se enderezó un poco, apoyando los codos sobre la mesa, y lo miró con más intención.

—¿Y tú? —preguntó—. ¿Cómo va todo con tu padre?

Damián soltó una exhalación leve, pasando la lengua por el interior de la mejilla antes de responder. No era una pregunta inocente, y los dos lo sabían.

—Como siempre —dijo al inicio, pero no lo dejó ahí.

Hubo un segundo de silencio, y luego continuó, más directo.

—Quiere que me case.

Samuel alzó una ceja, interesado.

—¿Así, de la nada?

Damián negó apenas.

—No exactamente.

Y entonces se lo contó. Sin adornos. Solo los hechos: la situación de la empresa, la condición, el acuerdo con los Villaseñor… y el nombre.

Samuel no interrumpió. Lo dejó hablar, escuchando con atención, pero a medida que la historia avanzaba, algo en su expresión empezó a cambiar. Una sonrisa, leve al inicio, que fue creciendo poco a poco.

Cuando Damián terminó, el silencio duró apenas un segundo antes de que Samuel soltara una risa baja.

—No puede ser.

Damián lo miró, serio.

—¿Qué?

Samuel negó con la cabeza, claramente entretenido.

—Tenía que ser Meivi.

Damián no respondió, pero su mirada dejó claro que no le encontraba nada de gracioso.

—¿Y te ríes? —dijo, seco.

—Claro que me río —respondió Samuel sin problema—. Es que esto es demasiado bueno.

—No lo es.

—Para ti no —admitió—. Pero míralo desde afuera… —se inclinó un poco hacia adelante—. Tú y Meivi Villaseñor.

Lucía levantó la vista un segundo.

—¿Quién es Meivi?

—Nadie —respondió Damián de inmediato.

Samuel soltó otra risa.

—Nadie, dice…

Volvió a mirarlo, ahora más serio, pero con ese brillo de alguien que está viendo algo que el otro no quiere aceptar.

—Ustedes dos nunca se han soportado.

—Exacto.

—Pero tampoco siempre fue así.

Eso hizo que Damián se quedara en silencio un segundo más de lo normal.

Samuel lo observó con atención.

—No te voy a dar el discurso de siempre. Pero admitámoslo, Damián: de todos los arreglos posibles, ese no suena tan terrible.

—Eso lo dices porque no tienes que compartir casa con alguien que te irrita con solo respirar —dijo él, sin alterar el tono.

—¿Y cómo sabes que te irrita si apenas la has visto después de años? —preguntó Samuel, ladeando la cabeza.

Damián se quedó callado un momento. Giró la copa entre los dedos, observando cómo la luz se rompía en el líquido rojo.

—Porque la conozco —dijo finalmente—. Y además no me gusta que mi padre me imponga algo.

Samuel sonrió de medio lado.

—Podrías sorprenderte.

—No es como si fuera algo novedoso—contestó con sequedad.

El silencio volvió, más cargado esta vez.

Samuel lo observó unos segundos más, y luego soltó, casi como si nada:

—Dicen que del odio al amor hay un solo paso.

Damián soltó una risa baja, sin humor.

—No en este caso.

Samuel no discutió. Solo se encogió de hombros, relajado.

—Ya veremos.

El silencio se extendió unos segundos. Lucía rompió la tensión con una carcajada al ver un perro pasar por la ventana. Samuel le acarició el cabello, y luego volvió a mirar a su amigo.

—Damián… si de verdad no te importara, no estarías tan molesto cada vez que la mencionan.

—No estoy molesto —replicó él.

—Claro, claro —dijo Samuel, fingiendo creerle—. Y yo soy monje franciscano.

Damián soltó un resoplido entre divertido y resignado.

—Deja el psicoanálisis para tu terapeuta.

—No necesito ser terapeuta para ver que aún sientes algo por ella —respondió su amigo con tono tranquilo—. Y no me refiero al trabajo.

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