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Capítulo 3: Un trato sin salida

Damián no dijo nada más. No hacía falta. La tensión ya estaba instalada en el aire y cualquier palabra extra solo iba a empeorar lo que ya estaba bastante cargado. Se giró con calma, tomó su saco del respaldo del sillón y salió del despacho sin mirar atrás.

Necesitaba salir de ahí.

Necesitaba volver a su empresa, a su espacio, a algo que pudiera manejar sin interferencias, sin condiciones disfrazadas de decisiones familiares. Porque si se quedaba un minuto más en esa casa, con esa conversación rondándole la cabeza, iba a terminar reaccionando de una forma que no le convenía.

La puerta se cerró detrás de él con un sonido seco, y el silencio que dejó fue pesado.

Laurent Moreau se quedó de pie, mirando el lugar por donde su hijo había salido, con la mandíbula tensa y la respiración aún cargada. La molestia seguía ahí, evidente, pero también había algo más… algo que no iba a admitir en voz alta. Sabía perfectamente con quién estaba tratando. Damián no era fácil. Nunca lo había sido. Y aunque ya había dado un paso aceptando el acuerdo, eso no significaba que fuera a someterse sin resistencia.

Ese era precisamente el problema.

Hanna no tardó en reaccionar. Cruzó los brazos, apoyando el peso en una pierna mientras observaba a su padre con una expresión que no intentó disimular.

—Siempre haces lo mismo —dijo, directa.

Laurent giró la mirada hacia ella, sin responder de inmediato.

—No empieces —advirtió, todavía con ese tono firme que solía usar para cortar discusiones antes de que crecieran.

Pero Hanna no era de las que retrocedían.

—No, sí voy a empezar —replicó, manteniendo la calma, pero sin suavizar nada—. Porque esto no es nuevo. Cada vez que quieres asegurar algo, terminas empujando a todos contra la pared.

Renata se mantuvo en silencio unos segundos, observando la escena antes de intervenir.

—Y siempre bajo la misma lógica —añadió, con voz más tranquila, pero igual de clara—. “Es por el bien de la familia”.

Camille, que hasta ese momento había estado apoyada contra el marco de la puerta, soltó un suspiro y negó con la cabeza.

—Lo curioso es que nunca preguntas si ese “bien” también es lo que queremos nosotros.

Mientras tanto, la señora Moreau había sido guiada fuera del despacho por Amanda y Camille unos minutos antes, buscando darle un respiro lejos de la tensión. Amanda la sostenía del brazo con cuidado, hablándole en voz baja, intentando distraerla, mientras Camille le ofrecía una sonrisa más ligera de lo habitual.

—Vamos, mamá… necesitas aire —le dijo Amanda con suavidad—. Esto no te hace bien.

La señora Moreau asintió apenas, aunque su preocupación seguía marcada en el rostro. No era la discusión lo que la inquietaba… era lo que venía después.

De vuelta en el despacho, el ambiente seguía igual de tenso.

Laurent caminó lentamente hacia el escritorio, apoyando las manos sobre la superficie, como si necesitara sostener algo más que su postura.

—No entienden —dijo finalmente, sin levantar la voz—. Esto no es un capricho.

Hanna soltó una risa corta, sin humor.

—Claro que no. Nunca lo es, ¿verdad?

—Es una decisión necesaria —insistió él—. La empresa no está en una posición donde pueda permitirme errores.

Renata ladeó ligeramente la cabeza.

—Y aun así decides arriesgar la relación con tu hijo.

Laurent levantó la mirada, sosteniéndola.

—Prefiero eso a perder todo lo que construí.

Hubo un silencio breve.

Renata se incorporó, dejando de apoyarse en la pared.

—¿Sabes qué es lo peor? —dijo, caminando unos pasos hacia el centro—. Que ni siquiera te das cuenta de que estás repitiendo exactamente lo mismo que hiciste con nosotras.

Eso sí lo hizo tensarse.

Hanna no apartó la mirada.

—Nos casaste bajo condiciones que no elegimos —añadió, sin rodeos—. Nos adaptamos, sí. Algunas mejor que otras… pero eso no significa que haya sido lo correcto.

Renata asintió, cruzándose de brazos.

—Y ahora esperas que él lo acepte igual.

Laurent guardó silencio por un momento, como si estuviera decidiendo qué tanto admitir.

—Damián no es ustedes —respondió al final—. Él entiende cómo funciona esto.

—Precisamente por eso está reaccionando así —replicó Hanna—. Porque lo entiende demasiado bien.

El silencio volvió a caer, pero esta vez no fue incómodo. Fue denso. Lleno de verdades que ya no podían esquivarse.

Laurent desvió la mirada por un segundo, como si estuviera reorganizando sus propias ideas, aunque no lo diría en voz alta.

—Ya aceptó —murmuró.

Renata negó lentamente.

—No —corrigió—. Dijo que lo iba a pensar.

Y todos en esa habitación sabían lo que eso significaba.

Porque Damián no era un hombre que aceptara las cosas tal como se las daban. No obedecía por presión. No se doblaba por obligación.

Si iba a entrar en ese matrimonio… no sería como su padre esperaba.

Y eso, en el fondo, Laurent también lo sabía. Porque si algo tenía claro… Era que su hijo no iba a jugar ese juego siguiendo las reglas de nadie más.

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Minutos después, Damián ya estaba entrando al edificio de la empresa con el mismo paso firme de siempre, pero con una tensión acumulada que no pasaba desapercibida para nadie que lo conociera lo suficiente. No saludó a nadie más allá de un gesto mínimo, ni se detuvo en nada. Subió directo a su oficina, empujó la puerta con más fuerza de la necesaria y dejó caer el saco sobre el sillón sin cuidado.

El ambiente ahí dentro era distinto.

Su asistente personal, que ya había notado su expresión desde que cruzó el pasillo, entró casi de inmediato detrás de él.

—Señor Moreau…

Damián no respondió de inmediato. Se dejó caer en el sillón, inclinándose ligeramente hacia adelante mientras se llevaba una mano a la frente, masajeando el punto exacto donde empezaba a formarse ese dolor de cabeza que ya conocía demasiado bien. Estar con su padre siempre terminaba igual: tensión, presión… y decisiones que no pedía.

—Agua —murmuró, sin mirarlo.

El asistente asintió al instante y se giró hacia la puerta.

—Traigan un vaso de agua, por favor —indicó a la secretaria con rapidez.

Damián exhaló despacio, apoyando los codos en las rodillas, intentando ordenar la cabeza. No era el tipo de hombre que perdía el control, pero eso no significaba que no se irritara. Y lo que acababa de pasar… definitivamente lo había sacado de su punto habitual.

Aun así, no estaba en desventaja.

Ya tenía movimientos hechos. Había anticipado escenarios. Tenía prácticamente estructurada su propia línea dentro de la empresa, una base sólida que no dependía completamente de su padre. Si las cosas se torcían… no se iba a quedar con las manos vacías.

Eso era lo único que lo mantenía tranquilo.

—Señor Moreau… tiene visita —dijo la secretaria, asomándose por la puerta con cuidado.

Damián ni siquiera levantó la mirada.

—Dile que—

No terminó la frase.

Porque en ese mismo instante, una voz aguda y alegre rompió el ambiente.

—¡Tíooo!

Damián levantó la cabeza justo a tiempo para ver a una pequeña de cabello oscuro entrar corriendo sin ningún tipo de filtro, cruzando la oficina como si fuera su casa. Lucia, con sus cinco años y su energía imposible de contener, se lanzó directo hacia él.

Y esa fue, probablemente, la única interrupción que no le molestó.

Damián alcanzó a incorporarse apenas lo suficiente para recibirla antes de que se le estrellara encima, sujetándola con firmeza mientras ella se aferraba a su cuello.

—Cuidado —murmuró, aunque su tono ya no era el mismo de hace unos segundos.

Detrás de ella apareció Samuel, entrando con una sonrisa cansada, de esas que solo tienen los que llevan horas detrás de un niño que no se queda quieto.

—Te juro que la intenté detener —dijo, levantando las manos en señal de rendición—, pero cuando dijo que veníamos a verte… perdí la batalla.

Lucia se apartó apenas lo suficiente para mirar a Damián, con esa sonrisa abierta que no pedía permiso.

—Te extrañé —dijo, abrazándolo otra vez como si no lo hubiera visto en años.

Damián sostuvo la mirada un segundo, y algo en su expresión se suavizó. No mucho. Lo justo.

—Solo han sido unos meses.

—Pero son muchos —insistió ella, completamente seria.

Samuel soltó una pequeña risa, negando con la cabeza mientras se acercaba.

—Para ella, sí.

Damián acomodó a la niña en su brazo con naturalidad, como si ese espacio, esa cercanía, fuera algo habitual.

—¿Y tú? —preguntó, mirando a Samuel—. ¿También vienes a decir que me extrañaste?

—Ni lo sueñes —respondió él con una sonrisa ladeada—. Vine porque sabía que estabas de mal humor.

Damián lo miró apenas, sin responder de inmediato.

—No estoy de mal humor.

Samuel alzó una ceja.

—Claro. Por eso entraste como si fueras a despedir a medio edificio.

Hubo un segundo de silencio, y luego Damián soltó una exhalación leve, sin discutirlo.

—¿Qué quieres?

—Nada —respondió Samuel con tranquilidad—. Solo pasaba cerca… y alguien insistió en verte.

Lucia levantó la mano como si fuera necesario aclararlo.

—Yo.

Damián la miró de reojo.

—Eso ya lo sabía.

La niña sonrió, satisfecha.

El asistente, que seguía en la oficina, dejó el vaso de agua sobre el escritorio con cuidado, aprovechando el momento en que el ambiente había bajado varios niveles de tensión.

Damián lo tomó después de unos segundos, sin soltar a Lucia, y bebió un poco, dejando que el silencio cómodo que se había formado hiciera su trabajo.

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