Capítulo XLIV
Maximiliano
Máximo sigue insistiendo, tratando de presionarme, mientras mi madre no deja de reprocharme.
Frunzo el ceño; cada palabra me irrita más.
—¡Basta! —gruño, con voz firme y cortante—. Ya escuché suficiente.
Salgo de la casa, con la rabia hirviendo bajo la piel, me subo rápido a mi carro y me dirijo a mi departamento, dejando atrás sus voces y su insistencia.
Voy manejando por las calles más concurridas de Guadalajara. Pensaba ir a mi departamento, pero necesito distraerme