El sábado amaneció con una luz gris y apática que parecía burlarse del desastre dentro del apartamento. Para Mikaela, el tiempo se había convertido en una masa viscosa que apenas avanzaba.
Daryl no había aparecido en toda la noche. El silencio de las habitaciones se sentía como una presión física en los oídos, un vacío que la obligaba a escuchar el eco de sus propios pensamientos. Solo había logrado dormir un par de horas en la madrugada, un sueño ligero y tortuoso interrumpido por el rastro de