La puerta de cristal de Vanguard se deslizó con un siseo metálico que devolvió a Mikaela a la realidad de un golpe seco.
Al salir a la acera, el aire gélido de la noche de Toronto le golpeó el rostro, pero no logró enfriar el ardor de sus mejillas, todavía encendidas por la fricción y el pulso desbocado producto de su aturdimiento.
Caminaba con un aire desaliñado, sintiendo el peso de su propio cuerpo como si sus huesos se hubieran transformado en plomo. Su cabello estaba revuelto y la ropa, ap