El trayecto en el coche fue extrañamente callado. Mikaela miraba por la ventana, viendo cómo las luces de la ciudad se volvían más tenues a medida que se alejaban de la zona más ruidosa.
Se dio cuenta de que Roman no la llevaba a uno de esos restaurantes modernos del centro donde todo el mundo va a presumir. El sedán se detuvo frente a una fachada de piedra antigua, de esas que no tienen ni un solo cartel afuera. Era un club privado, un lugar diseñado para que la gente que realmente tiene poder