Capítulo 33. Sustos que dan gusto
«¡Ayuda! ¡Alguien que me ayude!»
Los gritos de Estela alertaron a Julián, que escuchó los gritos de la niña desde la entrada de su casa; el corazón del vaquero latió sin compas y corrió al interior de su vivienda, agradeció el haber dejado a Ángela donde su madre y abuela.
—¡Ayuda! —gritó de nuevo la niña cuando Julián abrió la puerta, la sangre en sus venas se congeló por un momento al ver a Estela llorar frente a Natalia, tirada en el piso.
—¡Natalia! —gritó, estrellando las rodillas al pis