La carta llegó sin sello, sin membrete, sin advertencia. Alina la encontró en el buzón exterior de la villa, sellada dentro de un sobre blanco común. El nombre del remitente no les sonaba familiar. Pero el contenido sí.
Kilian abrió el pliego con dedos tensos, como si ya supiera que el papel traía un peligro distinto al mar.
—Es de Dorian —dijo tras leer las primeras líneas. Su voz apenas un susurro. Alina se acercó, leyó por encima de su hombro.
“Sebastián, Alina:
Si están leyendo esto, es