La sesión con Élodie comenzó con el mismo silencio cómplice que había caracterizado las anteriores. Céline miró un punto en la pared durante largos segundos, luego a la ventana, luego a sus propias manos entrelazadas sobre el regazo. Élodie no dijo nada. Esperó.
—Escribí la carta —dijo al fin, con voz baja, casi avergonzada—. Como me pediste. Al hombre que amé, aunque no sepa ya si existió.
Élodie no la interrumpió. Le ofreció una taza de té, que Céline sostuvo como si temiera soltarla.
—No qui