El mar amanecía sereno frente a Kalliste, como si el mundo ignorara el naufragio silencioso que sucedía en uno de sus rincones. La brisa salada rozaba la piel como un recordatorio de que la vida seguía, aunque por dentro alguien se estuviera deshaciendo.
Kilian —o lo que quedaba de él— estaba sentado frente a su tablet, una taza de café frío a un lado, los ojos fijos en la pantalla. Había visto la rueda de prensa de Céline. Entera. Dos veces.
No lloró. No gritó. Solo sintió ese tipo de do