El cielo encapotado acompañaba el silencio que reinaba dentro del coche. Kilian conducía con gesto serio, la mirada fija en la carretera mientras la ciudad de Belvaronne comenzaba a dibujarse en el horizonte. Alina, sentada a su lado, revisaba su móvil con tranquilidad, como si no acabaran de pactar algo imposible de deshacer.
No hablaban. No hacía falta. Él estaba agotado, pero más por el peso moral que por el cansancio físico. Sabía que había cruzado una línea. Lo sabía en cada movimiento de