La oficina estaba en silencio cuando Clarise entró sin anunciarse. Traía un bolso pequeño y un abrigo perfectamente acomodado sobre los hombros, como si acabara de salir de una revista de poder femenino bien planificado.
—Tienes treinta minutos libres antes de la próxima reunión —dijo, sin esperar que su hija mirara la agenda—. Y yo tengo hambre. ¿Vamos a almorzar?
Céline la miró, exhausta. Dudó. Luego asintió.
No fueron lejos. Solo al restaurante del último piso del edificio Valtieri, do