Habían pasado dos semanas desde la sentencia, y Kilian estaba hundido en lo que, hasta ahora, era su punto más bajo. La celda era pequeña, demasiado iluminada durante el día, asfixiante por las noches. No hablaba con nadie, no comía más que lo indispensable, y apenas dormía. Lo único que hacía con regularidad… era escribir.
Cada día, a la misma hora, se sentaba sobre el catre y escribía. Páginas enteras, a veces solo una línea repetida muchas veces. Otras, cartas que rompía después de escribi