Habían pasado semanas desde que Céline cruzó una línea invisible dentro de sí misma. No fue un evento marcado por lágrimas o grandes gestos. Fue silencioso, casi desapercibido, pero no por eso menos importante. Abandonar la habitación que compartió con Kilian fue una decisión que le tomó meses de duelo callado, noches de insomnio y una conversación muy breve con Agnes:
—¿Estás segura?
—Sí. Es hora.
Cerró la puerta con manos firmes. No lloró. Solo respiró. No sabía si eso era sanar, pero s